Llaman poderosamente la atención muchos capiteles que ornan nuestros claustros románicos, las magníficas portadas historiadas o los ciclos pictóricos desplegados sobre los muros de algunos templos. Resultan bicoca en bruto para nuestros guías y derrama de excepción para todo tipo de emprendedores turísticos. Testigos que sirvieron para adoctrinar, instruir y apocar; también para impresionar, menoscabar o adular. Nos siguen turbando comitivas de ángeles y arcángeles, reatas de felinos, ristras de centauros, inmisericordes exhibicionistas o condenados felones.

Pero no era igual apreciar un rey David tañendo su cítara que un rústico dándole al pandero. Deformis formositas o formosa difformitas que hicieron sus bocas aguas a tantos abades benedictinos pero ruborizaron a San Bernardo. Providenciales ajaracas o alafías de solemnidad debieron ser las menos, lo normal es que las imágenes románicas –codificadas de antiguo y legibles con la mayor de las prudencias– sean admonitorias, cualidad natural si pretendemos exhortar y llamar al orden, aunque fuera del más vasallático calado.

Muchas imágenes aterrorizan, otras tantas seducen; las hay que precisan doctrina, otras son más crudas y se entienden a medias o por señas. Nuestro objetivo será meternos en el laberinto de la iconografía románica, ofreciendo a cada oyente códigos comprensibles y traducciones fiables.